El pecado del No

Enero 26 El Presidente Álvaro Uribe Vélez saludó a las delegaciones internacionales de más de 35 países que asistieron, este lunes 26 de enero, a la Convención Anual de la Misión Carismática Internacional ‘Linaje Real’, que se realizó en el Coliseo Cubierto El Campín. Foto: Felipe Pinzón - SP

Todo estaba mal. Éramos tan pecadores, tan sucios que solo podía existir un ser supremo que nos redimiera. Murió por nosotros en la cruz del calvario, es el hijo del padre y resucitó de entre los muertos, decían las profesoras de mi colegio. Yo, que apenas cumplía 13 años, ya comenzaba a repudiar mi existencia inmoral, mi naturaleza pecaminosa. Sentía cómo no bastaba con que me arrepintiese. Pasadas las oraciones de rodillas y el llanto culposo venían a mí, ese instinto devorador, esas ganas de hacer lo prohibido. “La carne es mala, hay que vencerla”, me contaban que decía algún pasaje bíblico; yo pecaba de nuevo.

Mi adolescencia fluyó entre cantos evangélicos, ríos de prédicas con moral cristocéntrica, miedo de fallarle a Dios, el sueño de hacer una nación libre de pecado para el señor Jesucristo y escándalos públicos de hermanos que fornicaban y adulteraban. Esa fascinación por las relaciones sexuales de los hermanos sí que fascinaban a la comunidad. En mi colegio, la política siempre tuvo dueño. Eran tiempos de Uribe y el país se encontraba ensimismado en la guerra, todos asistíamos fascinados a las pantallas de los televisores para evidenciar los duros golpes que el Estado propiciaba a la maquiavélica guerrilla de las FARC, el diablo. Recuerdo que alguna vez un profesor se metió en un lío terrible:

En clase de sociales había sugerido que Uribe no era del todo bueno. Decía de manera tranquila que había chuzado a la oposición, que tenía un historial de paramilitarismo y que debíamos mirar con cuidado las violaciones de su gobierno a los derechos humanos. Una compañera del curso que asistía a una de las iglesias más reaccionarias, la Carismática Internacional, alzó la voz y le recriminó llorando que él no podía hablar así del presidente pues era un hombre íntegro y de dios, que en la iglesia hablaban bien de él y que ella no iba a permitir que alguien lastimara sus creencias. El profesor fue llamado desde la rectoría. Lo censuraron. Jamás se pudo discutir el tema.

La comunidad evangélica de sana doctrina se encontraba muy satisfecha con el orden y los valores cristianos infundidos desde el establecimiento.

No recuerdo yo una época de tanta expansión evangélica como en la era de Uribe, Las megaiglesias comenzaron a aparecer de a montones y los diezmos, a cambio de milagros, se multiplicaron para financiar emisoras de radio, programas de televisión, grandes auditorios y no sé qué más gastos eclesiales.

Los pastores pasaron a ocupar cargos públicos, embajadas y el movimiento cristiano se centró en unos cuantos partidos. Un buen hijo de este gran periodo evangélico en Colombia es el concejal de la familia, quien fue del PIN (el partido de la parapolítica) Marco Fidel Ramírez.

Estas facciones de cristianos hacen parte de la godorria, solo que constituye una mucho más audaz, a lo mejor más peligrosa, más incendiaria, moral y políticamente cuestionable. En el pasado se caracterizaron por querer ganar disminuciones en impuestos y hasta por querer reemplazar la constitución por la biblia. En los últimos días han defendido y alentado un discurso homófono, así como un rotulo homogeneizador de familia. Se resalta el hecho de estar abiertamente a favor del No en el plebiscito para refrendar los acuerdos entre el Gobierno y las FARC. Sobre este último hecho, que no está mal per sé, es claro cómo los valores cristianos que dicen defender se contradicen. Lo más nítido es aquel arsenal político que esconden.

El uribismo, el símbolo más vivaz de la doble moral, se tomó al cristianismo desde hace un buen tiempo. Son tan atractivos porque votan en masa como ovejas obedientes según los designios del pastor, quien es el único encargado de guiarlos. Muchos no saben que ese pastor tiene sesgo y ha sido seducido por la politiquería. Eso sí, el uribismo y el cristianismo coinciden en una cosa fundamental, a lo mejor sea esta la gran fuente de concordancia: usan la política y el lenguaje del miedo, aquella que juega con el pecado y siempre anticipa el fin, la hecatombe, el salto al vacío, el apocalipsis. ¿En dónde quedó ese Dios de misericordia que siempre perdonó mi suciedad? Siempre oraron por la paz, ahora entiendo que la paz que querían era aquella que exterminara al diferente.

Juan Manuel Monroy

Economista de la Universidad Nacional de Colombia. Estudiante de Maestría y columnista de un blog de El Espectador. Fundado de CiudadBlanca e interesado en economía política, distribución del ingreso, literatura y demás temas mundanos @jmmonroyb

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