Desmitificando la poesía

Tomado de: Flickr: Joan M. Mas. Tomado de: Flickr: Joan M. Mas.

Sea como fuese, la poesía, al igual que cada prejuicio, ha edificado a su alrededor un imaginario equívoco gestado en el desconocimiento y la aversión; desconocimiento, en este caso, por su escasa lectura y aversión por su lenguaje intrincado que pareciera zurcirse para unos pocos. Por tanto, es demasiado común asociar el término con musas, sensiblería, naturaleza y hippismo, temáticas que si bien se tocan en poesía con refinamiento, no abarcan toda su extensión ni se instalan como los temas por excelencia.

Un poeta jamás sabrá si es buen poeta, o si acaso es poeta”.

La poesía es más: más significado, más lucidez, más trascendencia. Pero a la vez es menos: barata, pobre y abnegada. A diferencia del prosista o del ensayista, el poeta no tiene un terreno fértil para expandirse, por el contrario, sus raíces están al aire mientras su fronda se asfixia bajo tierra, y de alguna forma debe intentar aferrarse al viento para dar semillas que puedan volar por décadas antes de dar frutos o por siglos antes de germinar en el olvido. Un poeta jamás sabrá si es buen poeta, o si acaso es poeta; es la entrega definitiva al lenguaje sin aspiraciones ni ambiciones, es acariciar el lomo de las palabras desconociendo su reacción: si a cambio lamerán la mano o de un mordisco fiero la amputarán. Es sacrificio sin causa. He aquí la grandeza y la bajeza del motor de la literatura, de su principio y fin último.

En cuanto a los temas, la poesía es tan diversa como sus otros dos hermanos literarios menores: la narrativa y el ensayo. En ella todo tema es abordado, desmenuzado y elevado a la expresión más noble que nos sacude el cuerpo y nos retuerce el alma. Como bien diría Borges: “la poesía es una sensación física que nos hace estremecer. Es algo que escapa a nuestro deseo de conceptualización, de confinamiento. Si le ponemos límites, ella los desborda, si le ponemos definición, ella muta”.

Más allá del misticismo que la envuelve, de sus cantos viscerales y de su simbología hermética, la poesía es evocación del sentir humano por medio del encuentro por primera vez de dos palabras. Esto no quiere decir que radica en colocar conceptos al azar, es el contrapunto, ponderar cada término analizando su potencia expresiva, su sonoridad, su precisión. Como enuncia Pablo Montoya: “el poema es corto y ardua su creación”.

Mucho menos es el adagio “Me estrelló una musa y escribí un poema”, no. La inspiración es un acto de composición y descomposición de los conocimientos interiorizados, de agregar el toque creador a partir de la propia inventiva conservada en los avances artísticos previos, es demoler la estructura para diseñar con los escombros y el material renovado. No es de extrañar que la rima en el poema ya sea demodé.

En todo caso la fecundación de un buen poema viene de sucesos tan dispares como comunes: en el raciocinio más severo, en el dolor escabroso de un trauma, en las disquisiciones de una borrachera o en las imágenes inverosímiles de una traba potente. Los modos son múltiples como la inspiración de cualquier obra literaria, pero lo que no puede faltar es la sensibilidad: ver los portales absurdos que ramifica cada objeto en su infinitud y saborear el poema como la vida, como la muerte, como esa consistencia fugaz negada por naturaleza a nuestra existencia. Por eso lo convido a leer un poema, estremézcase, que si la poesía es poca cosa, al menos lo hará sentir.

Por: Camilo González

Fotografía Tomada de: Flickr: Joan M. Mas.

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